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¿Y si el problema no fuera la fuerza de voluntad?

  • Foto del escritor: Lola Modrego
    Lola Modrego
  • 19 jul
  • 3 min de lectura

Hay una frase que escucho una y otra vez en consulta.


"Lola, yo sé lo que tengo que hacer. Sé lo que tengo que comer. El problema es que luego no lo hago".


Y casi siempre esa frase va acompañada de otra:


"Me falta fuerza de voluntad".


Durante mucho tiempo también pensé que esa era la explicación.


Hoy ya no.


Después de acompañar a muchas mujeres en la menopausia, he visto un patrón que se repite demasiado como para ignorarlo.


La mayoría no necesitan más disciplina.


Necesitan dejar de pelearse con su cuerpo.



Nos han hecho creer que todo depende de nosotras.


Vivimos rodeadas de mensajes que nos dicen que, si no conseguimos cambiar nuestros hábitos, es porque no nos esforzamos lo suficiente.


Que necesitamos más motivación.

Más autocontrol.

Más fuerza de voluntad.


Y cuando volvemos a picar entre horas, abandonamos el ejercicio o nos sentimos incapaces de seguir una dieta, la conclusión siempre es la misma:


"He vuelto a fallar"


Pero, ¿y si esa no fuera la pregunta correcta?


Un cuerpo agotado no responde igual.


Piensa por un momento en una mujer que lleva meses —o años— durmiendo mal.


Que trabaja, cuida a su familia, intenta llegar a todo, vive con estrés y, además, está atravesando los cambios hormonales propios de la menopausia.


Llega a la noche completamente agotada.


Abre la despensa buscando algo dulce o cualquier cosa que le dé un poco de alivio.


Al día siguiente se siente culpable y promete que esta vez sí lo hará mejor.


¿De verdad crees que el problema es la fuerza de voluntad?


Yo creo que no.


Creo que ese cuerpo está haciendo lo que puede con los recursos que tiene.


Saber no siempre significa poder.


Hoy tenemos acceso a más información sobre alimentación que nunca.


Sabemos que deberíamos comer más verduras, reducir los ultraprocesados, movernos más y dormir mejor.


Sin embargo, conocer la teoría no garantiza que podamos llevarla a la práctica.


Porque entre saber y hacer hay algo de lo que se habla muy poco.


Está el cansancio.

El estrés.

Las emociones.

Las creencias que hemos construido durante años.

Y la forma en la que nuestro sistema nervioso responde cuando siente que está en modo superviviencia.


Todo esto también influye en nuestras decisiones.


El cambio empieza cuando dejamos de culparnos.


Hay un momento muy bonito que veo en muchas mujeres durante el acompañamiento.


Es el momento en el que dejan de preguntarse:


"¿Qué me pasa? ¿Por qué no soy capaz?"


Y empiezan a hacerse otra pregunta más útil:


"¿Qué está intentando decirme mi cuerpo?"


Ese cambio de mirada lo transforma todo.


Porque el cuerpo deja de ser un enemigo al que hay que controlar. Y empieza a convertirse en un aliado al que merece la pena escuchar.


La salud no debería vivirse como una lucha.


No creo que la solución sea acumular más normas, más restricciones o más listas de alimentos.


Creo que el verdadero cambio llega cuando entendemos por qué nuestro cuerpo ha llegado hasta donde está.


Cuando dejamos de exigirnos perfección y empezamos a tratarnos con un poco más de comprensión.


Solo entonces empieza a ser mucho más fácil cuidar de él.


Una última reflexión.


Si llevas tiempo pensando que el problema eres tú porque no consigues mantener los cambios, me gustaría dejarte una idea.


Quizá no te falte fuerza de voluntad.


Quizá llevas demasiado tiempo intentando cambiar desde la culpa.


Y es muy difícil construir una buena relación con tu salud desde un lugar en el que sólo hay exigencia. Desde ahí, casi ningún cambio consigue durar.


Parque Grande Zaragoza
Parque Grande Zaragoza

COMPRENDER SIEMPRE TRANSFORMA MÁS QUE CULPABILIZAR.



¿Te has sentido identificada con esta reflexión? Me encantará leerte en los comentarios o que compartas este artículo con alguien que necesite dejar de culpabilizarse y empezar a mirar su salud desde otro lugar.



















 
 
 

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